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lunes, 11 de marzo de 2024

 

29  

ahora por la calle pasa un niño con una mano en el bolsillo del
   pantalón /
está contento y saca la mano del bolsillo /
abre la mano y suelta fiebres que ninguno ve /
yo tampoco las veo

Juan Gelman

    Mi barrio ha sido un escenario turbio de colores semiapagados que tintinea lentamente detrás de mis párpados como un view-finder, (a veces cruel o tierno), y me permite visualizar las piernas cortas de mi niñez atravesando nubes de polvo. Ahora me encuentro palpando texturas distintas sobre mi piel, encontrando canas que asoman desde el reflejo de mi barba en el espejo y un dolor particular en el cuello que no desaparece hasta el mediodía. Me repito: ‘No estoy tan viejo’, y, sin embargo, hace veinte años fue que me mudé por primera vez.

    En aquella calle dejé todo: una bicicleta vieja, muchas bolsitas de jugo ácido que vendían en la tienda, una infinidad de piedrecillas regadas por la punta de mi zapato cada que las pateaba. Tan sólo un mapeo fantasmal incomprensible para quienes transiten los mismos espacios al volver o salir de sus casas. Quisiera contar las cosas en orden cronológico pero, además de los cambios materiales en mis articulaciones, los ciclos de sueño y el reflujo gástrico, también he enredado la línea temporal de mi vida más que mis propios colochos.

   Los hechos son los siguientes y están pasando a cada instante:

1.       Un niño llamado Javier aprendió a silbar solito regresando de la abarrotería una mañana cualquiera de domingo y saltó de la emoción junto a una fila de pan francés que se balanceaba desde su mano.

2.     Años después, descubriría la tristeza en medio de una casa que no había sido terminada, donde ya no vería a sus amigos y encima carecía de luz eléctrica. Las siluetas de su familia subían y bajaban como monjes en un templo sombrío, así que tuvo que ponerse su sotana, cubrirse con su capucha y tomar su veladora.

3.      Gatearía lentamente y cuidadoso hasta el borde de su inmensa cama, viendo la caída hacia el piso para darse vuelta y mejor quedarse a salvo.

4.     En el kínder sería besado en la frente por una niña durante los últimos instantes del recreo, justo antes de sonar la campana. Ella lo vio y sonrió mientras él sostenía un juguito Kern’s y todos corrían de vuelta a sus salones, burlándose de él en el camino.

5.     Durante sus años de universidad, se enamoraría demasiado y terminaría roto más de una vez. Pero, como un cuenco antiguo, se negaría a ignorar su condición de riego y abundancia. No había articulación en él que se resistiera a vibrar de amor.

6.     Vería los pechos de su madre caer bajo su camisón mientras ella lo bañaba a guacalazos diciéndole cosas que no comprendía. Usaba esa dulce voz cuando había suficiente tiempo que perder y el día era hermoso.

7.     Encontraría en una librería de Manhattan una edición de los Poemas Completos de Federico García Lorca, donde aprendió de los misterios y los duendes y el juego que hace la lengua del cerebro al retorcerse y hablar en un idioma desconocido. Poesía.

8.     Vería una grabación en VHS de Las Pistas de Blue una mañana que no fue al colegio por haberse enfermado. Sus abuelos y sus papás habían batallado con aquel aparato para que no se perdiera un episodio.

9.     Escribiría poemas ridículos en un vagón de tren regresando a su casa en Queens con los ojos enrojecidos y ardientes, mientras la gente lo observaba con pena.  

10.   Se sentaría una tarde en la víspera de su cumpleaños a sujetar el hilo desordenado mientras intenta dilucidar cada fragmento de tiempo y de luz que ha atravesado sus ojos. Lo hace con la gracia de un escriba que se ha enredado en papiros hasta parecer una momia.

    Así, los 29 años se recibirían con una pizca más de alegría que de resignación. Celebraría con su amada, su familia, sus dos gatos y sus amigos. También diría algunos chistes para hacer reír a quienes ama, dejando avivar sus ojos chinos y los dientes pelados. ‘Sí, ya estamos viejos’, me digo ahora, en todos esos momentos, al unísono.

   Toda la vida está aquí.

martes, 6 de octubre de 2020

reminiscencia

este poema lo estuve cuidando todo el verano. 


nació un día cualquiera, no recuerdo la fecha exacta,

afuera había un calor insoportable y los hijos de mis vecinos

gritaban y reían, jugando en su piscina infantil

como si afuera no se acabara el mundo. 


mi camiseta estaba humedecida por el sudor 

y entre mis labios yo murmuraba estas palabras. 


luego, sobrevino lo que siempre ocurre: 

la cotidianidad me tragó de cabeza hacia el vacío 

y por mis dedos ya no volvieron a resbalar

las palabras. 


hoy,

entre facturas y papeles viejos, lo volví a encontrar, 

intacto y fresco con su fragancia de tiempos pasados.


lo había arrugado y tirado a la basura

sin pensar,

sin darme cuenta

que eventualmente 

lo necesitaría para volver a respirar, 

para sentir —por fracciones de segundo

el viento perdido del verano.



jueves, 14 de mayo de 2020

Nuestros corazones eran bombas Molotov

Nuestros corazones 
eran bombas Molotov
y los lanzábamos en 
la oscuridad

                          esperando incendiar la noche. 

Todo lo que escuchábamos 
eran las mechas que se apagaban, 
un estruendo tras otro 
y luego un vacío  
                      
                          infinitamente silencioso 
                          infinitamente solitario 

Nos quedábamos sin luz 
y sin calor,
pero seguíamos viendo 
ese desfile a nuestros costados

Tantos jóvenes queriendo un incendio, 
                         buscando un incendio,  
                         soñándolo. 

Nos hincamos, no para rezar, 
sino para tomarnos de las manos 
y así evitar morir de frío 
                                   
                          y las botellas seguían estallando 
                          como luciérnagas furiosas 
                          en la nada.

             

miércoles, 9 de octubre de 2019


El dolor siempre más allá de la palabra ´dolor´.

Pero siempre nuestro caminar pausado, a oscuras, buscando formas que sobresalgan de las paredes. Escribir como quien se desnuda frente a un espejo gigantesco, porque no es más que eso: 
adivinar nuestra historia en los miles de reflejos,
advertir lo innombrable, 
descubrir una y otra vez la cicatriz originaria. 
Oh, y la luna que avanza, cubriendo nuestro cuerpo desnudo de retórica y nos acaricia con su lengua húmeda, junto a todos nuestros inventos.

El poema te dicta y te lee a ti, no al revés.

Al final las metáforas sólo te utilizaron como un puente. Ese pequeño puente roto al que llamas ´cuerpo´ y a veces, ‘alma’.  

Y tus ojos tratan de abarcar el horizonte 
desde un tierno sentimiento de naufragio. 

Palabras frías, duras, ásperas te circundan. Tocas el cielo, pero no es el cielo sino tu delirio y nada más que eso. Y apenas lo rozas con las yemas de los dedos.
 
Tan sólo un poco de ese otro lado, oh, que tú imaginas.

domingo, 29 de septiembre de 2019

desperdicio


«Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra,
la has destrozado en todo el universo»
Constantino Cavafis

hay una canción que suena
cada vez que me dan ganas de llorar

una canción triste
una canción que me hace hundir los pies en la tierra
y aferrarme como si el cielo fuese a tragarme

una canción que hace eco
en lo más profundo de mi cabeza,

 en acantilados marcados por la caricia
 de un océano extinto

es la melodía de un sueño perdido,

de las oportunidades desechas
por mis propias manos,
de la timidez aplastante,
que me corta caminos

de lo que no me atreví a vivir

y que me perseguirá
y que dejará de sonar
cuando mis ojos se cierren
y el río de los días me haya llevado.

Fotografía




en el fondo
de una calle
abandonada y seca
se escucha el crujir
de unas cuantas ramas,
             
pasos en falso y ternura escondida de una ciudad salvaje

es así: andar por estas calles, asombrado,
es exponer tu cabeza a la trayectoria de una bala perdida
que bien podría llevar tu nombre

signos, sangre, entorpecidos cuerpos que se desconocen

la violencia al otro lado de la puerta, respirando

envalentonado, o quizá torpe
decido creer una vez más, en la belleza.
me dejo llevar por los contrastes turbios de mi barrio

pienso:
¿cómo puede germinar algo entre tanto cadáver?

palpo mis paredes de cristal
(éstas que rara vez me dejan respirar tranquilo)
y me pregunto
y destruyo
y dejo la imaginación sonar como un latigazo sobre el silencio
mis pies dejan de tocar la tierra.
cada forma me parece a la vez extraña y familiar

y entonces, imagino el mundo entero
como una sala vacía, abandonada y oscura.
como un anfiteatro segundos antes de que
el alba llegue y cada uno haga su papel

somos el telón, el público y el actor, todo a la vez.

me difumino entre esas tres figuras
y camino bajo el umbral extraño del absoluto
y ahí, mi lengua se entumece, porque entonces
las palabras nunca serían suficientes.

me siento como un archivo digital
que flota entre montones de basura por Internet

me siento como una página en blanco
siempre apunto de llenarse

y de repente, me prendo fuego
para gritar todo lo que me oprime el pecho.