I. ¿Qué significa editar?
Pensar
en la edición es, —en primer lugar y en un sentido bastante amplio—, comprender
que el 95% del trabajo se debe realizar después de sentarse a escribir. Quienes
apenas empiezan sus caminos dentro de la literatura suelen contemplar la
creación como un mero acto de erupción y efervescencia, dejando sus ideas como se
muestran en su primer momento: puras, pero imperfectas, todavía maleables.
Un
editor es, en ese sentido, alguien que esculpe, recorta y encuentra atajos
hábiles fuera (y dentro) de los caminos establecidos por un texto.
A su vez, como lo mencionan las autoras Irene Gunther y Leslie T. Sharpe en su
libro Manual de edición literaria y no literaria (2005), este
oficio también está íntimamente ligado a las dinámicas de un mercado donde se
deben cumplir metas en ventas, marketing, alcance y sostenibilidad. Sería
ingenuo pensar que lo que mantiene a estas grandes compañías editoriales es
meramente el ‘amor al arte.’ Por ende, la edición como oficio se recubre de una
complejidad amarga en donde debemos considerar que un libro ya no sólo debe ser
bueno, sino también (y sobre todo) algo rentable y sostenible.[1]
Este
breve ensayo tratará de bosquejar los puntos clave que fueron aprendidos en el
mero ejercicio especulativo de estructurar una revista académica titulada
‘Revista B’atz’: Hilos Humanistas’ en su tercer volumen. Esto será contrastado con
algunos ejemplos de los proyectos realizados por otros estudiantes en cuya
proyección pudimos encontrar similitudes o una confirmación de lo difícil que
es movilizar un proyecto editorial en el contexto guatemalteco.
Editar
y construir una editorial resulta, entonces, una idea cuyo germen originario
conoce desde el inicio la (in)utilidad de dicho esfuerzo, pero que también
redime su importancia. Como quien decide voluntariamente ensuciarse las manos
en un trabajo que nadie más desea realizar.
Como quien (excusando la trillada analogía porque aquí no es ninguna hipérbole)
batalla con molinos de viento.
II.
Publicar / Editar en Guatemala
Basta
darse una vuelta por una librería medianamente grande para darse cuenta de la
cantidad excesiva de producción textual en la que vivimos sumergidos. Best-sellers,
autoayuda, filosofía, novelas de ficción o no-ficción, poesía, ensayo,
antologías, revistas, ciencia, literatura infantil, sagas juveniles,
autobiografías y un largo etcétera. Dicha masificación ‘literaria’ permite
cierta accesibilidad, pero a su vez produce un fenómeno bastante difícil de
superar para cualquier cosa que es (inevitablemente) reducida a producto; ¿cómo
competir con todo lo demás?
De
las frases más impactantes y lúcidas que pude leer en el Manual de edición
literaria y no literaria, me quedo con que, para alguien que busca
abrirse camino en una editorial grande, “Es más probable que se ascienda a
alguien por haber descubierto un talento que arrasa con las ventas, que por
haber editado un trabajo con talento.” (Gunter & Sharpe, 2005, p.4), lo que
constituye una valiosa lección de supervivencia al imaginar(se en) el proceso
editorial. Como todo negocio, debe
mantenerse, adaptarse y planificar tomando en cuenta popularidad, ventas, metas
concretas.
Si
esto resulta difícil en países como Estados Unidos o México, donde la lectura
se ha adaptado medianamente al consumo, ¿qué podemos esperar en un país lleno
de carencias estructurales tan fuertes como lo es Guatemala donde ni siquiera
se ha logrado esto?[2]
Entonces,
al buscar espacios para editar en nuestra periferia debemos considerar dos
cosas fundamentales:
1. El mercado editorial no será igual de
masivo ni igual de rentable.
2. Probablemente habrá que reducir y
especializar las publicaciones de nuestra editorial para que resulten
diferentes en algunos aspectos.
Entendido esto, ¿por qué entonces buscar
la edición como oficio cuando todas las estadísticas están en contra? ¿por qué
condenarse a una (aparente) labor cuya retribución será lo mínimo imaginable?
Algunos ejemplos que fueron expuestos durante el curso muestran un atisbo de
respuesta.
III.
Naufragar con estilo: cómo es
llevar una editorial independiente.
Al
entrevistar a la poeta Miriam Ochoa Maldonado, quien integra el equipo de la
Pequeña Ostuncalco Editorial o Editorial POE, nos mencionaba que una de sus
voluntades más grandes era descubrir voces. Que una gran meta para ellas/os era
publicar por lo menos un/a escritor/a por departamento, algo que lograron
recién hace un par de años. Su voluntad estaba enteramente entregada a la
búsqueda de talento, a la recopilación y rescate de esas perspectivas que se
desenvuelven en lugares únicos. A eso podría reducirse su misión y visión.
Por otro lado, destacan las ediciones súper under de Simón Pedroza y su
Taller Artesanal Bizarro donde se busca la reinvención, el juego, o bordear los
límites de lo que consideramos el formato de un ‘libro’ para retar esa idea de
la rentabilidad en un mercado.[3]Aquí
editar significa entonces atrincherarse y buscar grietas en un sistema
predeterminado. Algo genuinamente punk.
También
podríamos mencionar a Sión Editorial, cuya trayectoria se ha sostenido al
esfuerzo de Manuel Rodas por hacer una especie de One Man Band en donde
conjuga los esfuerzos de editar, diagramar, realizar convocatorias anuales para
el Premio de Poesía Joven y encima estar detrás de la FILXELA en donde
convergen múltiples editoriales independientes tanto de Guatemala como de otros
países en Centroamérica. ¿Qué tienen, entonces, estos ejemplos en común? Fácil.
Ninguno está enfocado esencialmente en la edición como un negocio.
Paradójicamente
las barreras del contexto guatemalteco permiten que las editoriales sean
interesantes porque no están dictadas por un mercado tan extenso y globalizado
como en otros países.[4]
Todo esto se suma para que la idea de ‘poner una editorial’ sea no sólo uno de
los emprendimientos más suicidas que existen, sino también una labor necesaria
y única que reconoce la importancia de recolectar textos en un país donde pocas
veces las palabras son escuchadas.
Bibliografía:
Gunter, I. & Sharpe, L. (2005) Manual de edición literaria y no literaria. Fondo de Cultura Económica. México
[1] Con la clara excepción de
aquellos proyectos que son realizados con una voluntad artística de crear
algo. Como es el caso de las editoriales pequeñas/independientes y
enfocadas en hacer trabajos únicos. Algunos ejemplos estarán presentes en este
trabajo.
[2] Definitivamente es mucho mayor el
hábito de lectura en estos países, sobre todo Estados Unidos, pues vemos
cientos de personas creando contenido en redes sociales siguiendo de cerca
autores/as de ficción o sagas juveniles. Entrar a las secciones de fantasía en
una librería estadounidense como Barnes & Noble o como la Strand
Bookstore en la ciudad de Nueva York (por poner un ejemplo concreto),
resulta tan abrumador como buscar una nueva película por ver en el catálogo de Netflix.
Dicho esto, no se ha logrado masificar la producción de la misma manera en
ningún ámbito artístico en países como Guatemala, donde las producciones
audiovisuales o literarias siempre se ven en la necesidad de considerar estas
limitaciones. Sobre todo, cuando las condiciones materiales de la realidad
nacional están tan afectadas por problemas como las carencias en la educación
pública y la alfabetización, el hambre, el exorbitante precio de los libros,
etc.
[3] Resulta una experiencia común para
quien conoce a Pedroza el encontrárselo por zona 1 dejando regados lotes de
libros o ediciones únicas en Casa del Libro con Cristobal Pacheco para que
estas sean enviadas a Estados Unidos. Ellos mismos me comentaron una vez que tuve
la suerte de verlos interactuar: “a los gringos les encanta tener material que
es imposible conseguir de otra forma, les fascinan este tipo de libros y hay
que aprovecharlo.” Algo que terminé replicando sin pensar al enviar mi libro en
un viaje sin retorno.
[4] Con esto no se está afirmando que
las editoriales independientes no se preocupen del todo por encajar en un
mercado o que no tengan contemplado el sobrevivir a las deudas/cuentas. Lo que
trato de remarcar es la contradictoria virtud de que, en varios sentidos, el
hecho de que la producción no esté enfocada únicamente en las ganancias da
pauta a que existan experimentos valiosos de intercambio, rastreos y
resistencia.
